El nuevo trabajo del rockero argentino se llamará "La lengua popular".
Apenas se conocen detalles del mismo, aunque según algunos
privilegiados que han podido escucharlo, será el mejor álbum de toda su
carrera.
Lo que yo quería era escribir nada más sobre música. Yo quería
escribir sobre el próximo nuevo álbum de Andrés Calamaro titulado La
lengua popular y acaso –cada vez más seguro a medida que lo voy
escuchando una y otra vez, sin parar– el mejor de toda su meritoria
carrera. Lo que yo quería era escribir sobre música pero, por
desgracia, se entrometieron las letras y las letras son tres y son una
E y una T y una A y, por separado, son inocentes e inofensivas pero
juntas suman un ETA y son letras que hacen una música fea, disonante.
Una música que no calma sino que excita a las bestias. Y allá vamos de
nuevo, amigos.
DOS
La semana pasada fui a la
Feria del Libro de Madrid a participar en un acto y Andrés estaba en la
ciudad ensayando para su inminente minigira española y quedamos a comer
con un amigo común –el escritor español Ray Loriga– y ahí me dio una
copia de La lengua popular (tan bien producido y acotado y ayudado por
Cachorro López) y acá, de regreso en Barcelona, estoy escuchando su
música mientras (durante el tiempo justo que vaya a durar La lengua
popular) tecleo estas letras. Madrid estaba rara. No se hablaba de otra
cosa que de la debacle del PSOE, del error de cálculo de Zapatero y
alguien me dijo algo espeluznante y, tal vez, gracioso: “Ahora que todo
terminó podemos volver a perder la fe en los políticos y creer en las
cosas que siempre creímos, ¿no?” Palabras fúnebres y La lengua popular
abre con “Los chicos”, un canchero canto gregoriano ocupándose de uno
de los temas favoritos de Calamaro: los amigos ausentes. Y sigue con
“Carnaval de Brasil” y otra de las preocupaciones fetiche de Andrés: el
amor intermitente de las musas, sus idas y vueltas, pero cantándoles
ahora desde el sitial de quien sabe que ha vuelto a atraparlas en sus
manos y en su cabeza: “Habrá que desenvainar las espadas del texto / Y
escribir una canción aunque no haya algún pretexto / Y dedicársela al
primero que pase caminando / Al que se quedó pensando / Al que no
quiere pensar / Al olvido selectivo / A la memoria perdida / A los
pedazos de vida que no vamos a perder jamás”. Y me pregunto yo qué
pensaría Zapatero escuchando esta sentida oda a los “asuntos
pendientes”. Está claro que, desde el estallido de las bombas en el
aeropuerto de Barajas, este 2007 viene siendo su anno terribilis y que
parece haber llegado a su fin la Era del Talante y del al mal tiempo
buena cara, porque alcanza con verle la suya en las primeras planas de
todos los diarios de hoy. Hoy que –con el anuncio de ETA de que rompe
su quinta tregua vuelve a las armas– todo vuelve al estilo La invención
de Morel de Bioy Casares y El día de la marmota de Bill Murray. ¿Y
somos nosotros las marmotas que se creyeron la invención? “Tengo
abierto el minibar y cerrado el corazón” y “Mi sierra eléctrica no
cierra los domingos” canta Andrés en “Cinco minutos más (minibar)”, y
por qué será que hay momentos pequeños en que un grande de siempre te
hace sentir que está cantando exactamente lo que uno siente sin saber
exactamente lo que está sintiendo. Supongo que el genio se trata de eso.
TRES
Y Zapatero dijo que es el
momento de la unidad y Rajoy le reprochó que no haya “rectificado” y,
aquí, también, lo mismo de siempre. Y está claro que estos dos no se
quieren ni se van a poder querer nunca. Por suerte, La lengua popular
lame las dos mejores canciones “de amor” que jamás ha compuesto Andrés
“Como cada pensamiento es tuyo, soy tuyo” confiesa en el bolero “Soy
tuyo” y “Todos los días, todos los segundos, infinitamente /La alegría
de vivir el sentido que da la vida vivir contigo / En el cielo, en el
suelo, en cada una de tus cosas” se rinde en la rumba orquestal “Cada
una de tus cosas”. Y está claro que es absurdo pedirle a la política
tanta pasión y entrega pero aun así... Menos sentimental pero
igualmente apasionada es la saltarina “Mi gin tonic” donde “Hay días
para quedarse a mirar / Hay días en que hay poco para ver / Hay días
sospechosamente light / Hay un deseo que pido siempre que pasa un
tren”. Y de golpe todo parece mejor, porque ésta es una de esas
canciones que te hacen sentirse in por estar out, viendo las cosas
desde afuera y preguntándose como si se tratara del próximo capítulo de
tu serie favorita si De Juana volverá a la cárcel ya repuesto de las
consecuencias de su huelga de hambre o si Otegi irá a parar al calabozo
por haber insultado al Rey (y, de acuerdo, estos nombres no les dirán
mucho a ustedes pero sepan también que yo escucho el nombre Filmus y en
lo primero que pienso es en un ciudadano de la Trulalá de Hijitus) y
yo, dando saltitos, canto “Que venga liviano como la espuma de las
orillas / Ya no tengo más espinas clavadas en el corazón” mientras
Andrés canta “La espuma de las orillas” y de ahí pasa a “Comedero
piquetero” una graciosa y despiadada postal de un Puerto Madero
hambreado y ya es hora de comer.
CUATRO
Y en todas partes lo
mismo, en todas las pantallas de los noticieros del mediodía: caras de
circunstancia, de mala circunstancia y de –retrocediendo a otro disco
igualmente redondo– “Pasemos a otro tema / No quiero hablar de esto”. Y
nada mejor para esto –en un compact-disc donde todos los tracks son
potentes hits en potencia– que sacudirse con “Sexy & Barrigón”: el
furioso rock and roll donde Andrés se define con un “Soy una buena
combinación / De Homero Simpson con rolling stone / Saco ventaja de la
confusión / Ya sé soy sexy y barrigón” y de ahí a la muy dylan-mex “De
orgullo y de miedo” (“Qué mezcla de orgullo y de miedo / Ser el dedo
que te toca / El que te besa en la boca / La vaina de tu cuchillo”)
para ir a dar al canto triunfal de quien ha perdido alguna vez y
reconoce la alegría de volver a ganar. El victorioso retorno del poeta
fértil en “La mitad del amor” redimido por el particular amor de su
vida y por el amor a la vida en general que primero dice “Voy a tomarme
hasta el pelo / Mi pelo, por favor, con mucho hielo / Voy a tomarme
hasta los trenes que no van a venir” para después ascender en un coro
gritado que todos gritaremos con él dentro de poco en vivo: “Parte de
mí no cambió y a la vez / Ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás
/ Qué subidón, qué momento ideal / Encontré la mitad del amor”. “Mi
Cobain (Superjoint)” es casi una coda con sonido muy Abuelos donde
Andrés –como Zapatero hoy– contempla la catástrofe que lo rodea (“Nadie
miraba pero se veía venir”) pero –a diferencia de Zapatero– se siente
fuerte y bien acompañado y pone sus esperanzas en la saliva de la
lengua popular. Afuera hay ruido. Mucho ruido. Y yo no sé –si como el
tigre aquel, dulcificado por la Novena de Beethoven, en el Help! de Los
Beatles– la música calma a las bestias. Pero, seguro, ayuda a
olvidarlas por un rato.
Y –por aquí, como si no hubiera suficiente con lo que hay– también
está la polémica de ponerle o no letra al hasta ahora instrumental
himno nacional español. “Al destino le faltan las dos manos y juramos
con gloria vivir”, canta el argentino/español Andrés casi cerrando y
entonces yo propongo como letrista a otras dos letras: AC. Seguro que
va a ser un placer cantar el himno que él escriba, como siempre, con
tan buena letra, con tan buenas letras.